lunes, 10 de octubre de 2011

De como las paredes escaparon de las instituciones

Corría el año pasado, cuando las paredes del nuevo casco empresarial de Guayaquil, la avenida Francisco de Orellana, empezaron a llenarse de pinturas.

Primero fue Billy Soto, fotorrealista y miembro del colectivo “La Vanguardia”; junto al edificio dorado llamado ahora “Ministerio Zonal”, pintó a la “Mona Mouse”, una imagen con inspiración de Leonardo da Vinci y Walt Disney. Luego vendrían artistas anónimos como “RM-Noby” y “Daft acid” quienes manteniendo la esencia medular del grafitti internacional, ocultan sus identidades y realizan trazos clásicos: letras, firmas y líneas urbanas de corte "hip-hopero".

A inicios del 2011 se incorpora a esta escena Liseth Abarka, pintando cuadros surrealistas y tigres amarillos sobre latas negras.

Mientras tanto en Urdesa, Daniel Adum y “Blunt” llenaban las paredes de cuadros de colores e imágenes con alta profundidad de campo, respectivamente en un proyecto denominado Litro x Mate.

Con diferentes formaciones académicas y propósitos, aprendiendo desde la calle o la universidad, los pintores y artistas llenaron diferentes zonas de la urbe con dibujos, utilizaron como soporte los cerramientos de terrenos baldíos o las paredes de quienes les daban su aprobación.

Cabe recalcar que ciertas calles de Urdesa y la av. Francisco de Orellana permanecieron decoradas durante un año.

Una acto que detonó el enfrentamiento entre un grupo de artistas y el Municipio: la normativa que establecía la censura previa a las obras “sexualmente explícitas” en el salón de julio; el juez se declara incompetente y un grupo de artistas, encabezados por Daniel Adum y Paulina Obrist, deciden abrir el “Salón Inmundicipal”.

Las autoridades municipales habrán juzgado el nombre grosero o habrán temido una fisura en el discurso hegemónico (el alcalde Jaime Nebot tiene mayoría en el Concejo Cantonal, donde se discuten las ordenanzas), nadie lo sabe con certeza, pero resulta extraño que después de un año en el que vivieron las pinturas sin perturbar a nadie, el departamento de Justicia y Vigilancia decidiese borrarlas.

De forma independiente, el otras veces censurado Jorge Jaén organiza la muestra “Burros de colores” y se toma las calles para pegar plantillas.

Gastar pintura en borrar una creación colectiva, abrir un trámite judicial para acusar a alguien que pinta cuadros de colores de ser obsceno, romper burros, ignorar las opiniones de las mayorías y no sentarse a dialogar con los artistas que han enviado comunicaciones a la administración pidiendo un espacio, crean un panorama de miedo que aleja al arte de la gente.

Las manifestaciones artísticas no pueden venir exclusivamente de las instituciones, pues se coarta la creatividad y criticidad que han caracterizado al arte a lo largo de la historia.
Las políticas y ordenanzas sobre arte tampoco pueden ser escritas por una mayoría que representa a una institución que emplea a una “guardia de choque” de 20 hombres fornidos para amedrentar y confiscar las obras de un artista, hecho registrado hace dos semanas.

El arte, como discurso, implica el acto reflexivo y constructor de un sujeto que piensa el objeto. El acto comunicativo incluye a un otro, que observa y contempla lo creado, añadiendo nuevos significantes y reflexiones a su visión diario del mundo. Si se reprime al artista y se "norma" su trabajo en exceso, será la institución la que se comunique con el sujeto. Un elemento se suprime y queda solo la historia oficial.