Antes de empezar a hablar sobre el
tema por el que he decidido escribir, veo la imperiosa necesidad de hacer un
recuento que los sitúe en el porqué pienso así; no como medio de justificación
(la verdad no me interesa si aprueban o no mis ideas), si no como una eterna
manía que tengo de contextualizarlo todo.
Cuando tenía nueve años mis padres
decidieron bautizarme por la iglesia católica. Si hubiera dependido solo de mi
madre lo hubiera hecho el mismo día que nací, pero papá es un hombre alejado de
las tradiciones impuestas por la sociedad y –por ende- la iglesia.
A mis nueve años –por un tema logístico- me bautizaron junto
con mis dos hermanos menores. Yasmelly de seis y Jr de cuatro (en ese entonces).
Dejamos de ser “moritos”, pero seguimos – hasta ahora- siendo ‘hijos del pecado’
porque mis padres no son casados, ni por la ley civil, ni por la ley de Dios.
Mi madre es una mujer católica, cree
en Dios, ama a Dios y practica todos los días de la vida el valor más preciado
que tiene el hombre: la solidaridad. Ayuda a quien lo necesita -sin pedir nada
a cambio- aún cuando eso le ha costado reproches de nosotros, su familia.
Todas las navidades vamos a la
iglesia con mamá. Mi papá se duerme en media misa, mi mamá reza, mis hermanos y
yo seguimos el ritual. Yo tomo la hostia sin haberme confesado porque mamá me
lo pide. Ella no puede hacerlo, porque –paradójicamente- a pesar de ser una
excelente cristiana es pecadora por no haberse casado. Yo si puedo (podía
porque ahora seré madre y mi hijo es ‘producto del pecado’).
Se preguntarán por qué toda esta
descripción de mi historia familiar y su relación con la iglesia, pues por una
sencilla razón: ahora que se legalizó la unión de hecho entre personas del mismo
sexo veo en mis redes sociales a muchísimas amistades que se manifiestan en
contra y usan como argumento a Dios, la iglesia y toda la parafernalia que la
rodea. Yo crecí con la iglesia y creyendo en Dios.
Entonces inevitablemente pensé en
todo lo que he aprendido durante mis 25 años de vida. Lo que me enseñaron mis
padres, la escuela, el colegio, la universidad, la iglesia, la vida. Lo que
aprendí y aprendí a desaprender por el bien de la humanidad, por el bien de la
coexistencia en una sociedad tan diversa y plural.
Ecuador estableció como derecho
constitucional la unión de hecho entre personas del mismo sexo y es una batalla
que los homosexuales de nuestro país, del mundo han tenido desde épocas
remotas. Batalla interna, externa, batalla individual, en conjunto, batalla que
decidieron librar a los cuatro vientos y que poco a poco muchos nos hemos
sumado desde diferentes trincheras, no porque seamos homosexuales, si no porque
creemos en el ser humano, en la humanidad, en la solidaridad y el amor al
prójimo.
Yo amo al hombre y su aparato reproductor
masculino, me siento completa y satisfecha teniendo sexo con un hombre, pero no
porque sea normal, sino porque me gusta, me complace, me llena. Si me sintiera
incomoda o vacía probablemente tendría sexo con una mujer. No se trata de lo
moralmente correcto, se trata de lo que te hace feliz, lo que te complementa
sin dañar a los demás, sin lastimar a terceros.
Entonces, leo este montón de frases
sin argumentos. Leo que Dios ama al pecador, pero no al pecado; leo amigos
reprochando al Facebook que será de sus hijos en una sociedad en donde se ve
“normal” dos hombres juntos y me río. No puedo hacer otra cosa que reírme
porque me doy cuenta como la sociedad evoluciona tanto en ciertas cosas, pero
arrastra tanto de la esclavitud en otras.
Estimados todos. Tengo 25 años, creo
en Dios, pero en un Dios solidario, amable, honesto, un Dios profundo y
espiritual, no un Dios superficial, materialista, racista, homofóbico, no creo
que exista un Dios que señale y juzgue por amar, por querer ser feliz. Es imposible.
Creo en el ser humano, en la
capacidad de reinventarse, creo en el amor fervientemente, creo que en algún
lugar del mundo está la persona que te llenará el alma con solo mirarte y para
eso no hay género, condición económica ni social, ni siquiera hay niveles de
educación. Eso es algo que viene del corazón.
Entonces me pregunto: por qué en
lugar de preocuparse en qué mundo crecerán sus hijos no se preocupan en
construir un mundo mejor, pero no con todo ese cliché que el mercado vende;
hablo de un mundo donde enseñemos a nuestros hijos a vivir en paz, tolerancia.
A pensar que todo acto tiene su consecuencia y que no importa la condición
sexual de una persona, sino su calidad de ser humano.
Señores y señoras es imposible medir
a las personas, porque el ser humano como tal es un animal indescifrable, pero
peor aún es querer calificar a alguien por su preferencia sexual. ¿Se dan
cuenta lo aberrante del hecho? Decir que una persona es buena o mala, que está
en lo correcto o equivocada, que está enferma o loca por amar a otra persona.
Es desdeñoso.
Y muchos dirán: Noris, ahora que
tengas a tu hijo te darás cuenta. Y respondo: Antes, cuando no sabía que
Luciano estaba por venir no quería tener hijos. Una de las razones era porque
me parece que este mundo está contaminado, aberrado. No por la homosexualidad,
si no por las drogas, la mentira, la corrupción y una serie de actos que
corrompen y dañan a las personas; dañan su espíritu, su corazón y su mente.
Ahora, que Luciano está por nacer, daría
todo lo que fuera porque pueda crecer rodeado de amor, paz y poderle dar todas
las herramientas que existan para que aprenda a discernir y a elegir lo que
mejor le convenga. Eso solo él lo sabrá a medida que se caiga y se levante y si
en el camino descubre que para estar completo tiene que amar a otro con un pipi
igual a él, mientras sea feliz, mientras sea un hombre de bien que no dañe a
nadie, que aporte a la sociedad y que trabaje en beneficio del mundo pues yo lo
amaré a él y todo lo que signifique.
No desgastemos nuestras energías
luchando en contra del amor. Alcemos la voz por lo que realmente corrompe al
mundo. Unamos fuerzas para construir un mejor mundo, en el que las ideas de
discriminación y estigma se anulen y que a esas personas que son capaces de
juzgar al otro por amar se les lave el alma y puedan ver más allá de lo moral y
absurdamente impuesto.
Paz para todos, siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario